10 dic. 2009

Háblale a la mano.

Por Moyocoyani Notlinitlazotla.

La primera vez que me pasó fue en una visita al dentista, el doc había colocado su instrumental alineado en una charola cerca del sillón en donde me indicó que me recostara, todo se veía bien limpio, ordenado, normal; yo comprendía, a pesar de mi edad, que esa sesión era por mi bien, y que, si bien podría dolerme un poco, todo sufrimiento sería recompensado, tal vez no pensaba mucho en la recompensa que representaba mi salud en el futuro, pero si me entusiasmaba la promesa de un helado doble de chocolate con galletas que mi mamá había ofrecido a cambio de mi total cooperación en la consulta. Ese día llegamos temprano al consultorio, estuvimos sentados en la salita del consultorio dental por unos 20 minutos antes de que el doctor despidiera a su primer paciente del día y nos diera la bienvenida a nosotros, bueno, a mí porque mi mamá se quedaría en la salita esperando mientras yo pasaba a través de la puerta corrediza de la mano del doc, durante el rato que duró la espera, yo me dediqué a ver las ilustraciones y fotografías de la pila de revistas que estaban acomodadas en la mesita de centro frente a nosotros y entonces noté, mientras hojeaba una revista sobre relojes con fotos impresionantes y muy brillantes, que mi mano izquierda estaba temblando, temblaba muy sutilmente, casi imperceptiblemente, pero de manera constante, pertinaz e incontrolable, supuse que se debía al frío del aire acondicionado, o tal vez al miedo que me daba asistir al odontólogo, en ese momento y durante varios episodios más no le di mucha importancia, no pude, con mi corta edad relacionar ese indicio con las acciones que después ejecutaba mi mano, esos impulsos tan involuntarios como la propia temblorosa señal. Temeroso de que mi mamá interpretara mi temblor como una señal de desobediencia y decidiera que ya no habría helado, giré mi cuerpo dándole la espalda y colocando la revista de relojes sobre mis rodillas, coloque mi mano izquierda justo en la parte donde se unen las hojas y con la mano derecha cerré la revista y presioné tan fuerte como pude, pasaron varios minutos y, cuando me asome para ver si el temblor había pasado, la puerta corrediza se abrió súbitamente y el doc se asomó dirigiéndome una mirada amistosa, entonces yo coloqué la revista en la mesita, con la mano derecha por su puesto, y regresé a la silla junto a mi mamá quien me dijo que pasara con el doctor mientras ella esperaba ahí, yo dudé un momento, pero sólo fue el instante que tardó mi mente en recordar el helado de chocolate con galletas el que me demoré en dar los 5 o 6 pasos que me separaban del doc.



Cuando estuve recostado y, el doctor estuvo preparado para iniciar con el tratamiento, (creo que me iba a tratar una caries) colocó un pequeño espejo en el interior de mi boca que yo a la voz de "di aaaa" abría a todo lo que un niño de 5 años podía abrir, y lo paseó por toda mi dentadura, el frio espejito chocó varias veces contra mis dientes y en cada uno de esos tropiezos mi mano izquierda reemprendía su tarea de temblar, instantes después de cada estallido de temblorina yo le controlaba haciendo un poco de fuerza contra el brazo del sillón o apretando el puño.



Después de unos minutos comprendí que si yo mandaba una orden un poco más complicada a mi mano, ésta se distraía lo suficiente como para olvidarse de temblar, entonces, cada vez que el espejito amenazaba con desatar el temblor yo le decía con la mente a mi mano que repitiera las vocales mientras levantaba un dedo por cada vocal, esa fue una buena técnica, bueno, lo fue hasta que el doctor acercó su pie a un pequeño pedal que estaba en el piso justo al lado del sillón en el que yo me encontraba. El doc presionó con su pié derecho el pedal que a su vez accionó al pequeño taladrillo que empuñaba en su mano, fue justo en ese momento cuando mi mano izquierda accionada como si el sonido del taladro fuese un gatillo dejó de temblar para ponerse tiesa, dura, tan rígida que pensé que se me había vuelto de piedra, el doc observó la tirantez de mis tendones y trató de relajarme diciendo "no te va a doler", lo que el doc no sabía es que yo comprendía que no me iba a doler, o al menos ya había aceptado el hecho de que podría doler un poco pero que yo no tenía miedo, es más incluso, estaba relajado y tan tranquilo como si estuviera viendo la tele, yo habría aceptado todo sufrimiento y tormento imaginable a cambio de la promesa cumplida de mi mamá.



La que parecía tener miedo era ella, mi mano, mi mano izquierda para ser más específico, porque la derecha, esa sí que nunca me ha fallado, y en esos momento me es más fiel que siempre, cuando el doc se inclinó para introducir su mano en mi boca, ella, la zurda, rápidamente se extendió hacia la charola del instrumental y trató de tomar uno de los plateados aparejos que ahí reposaban, y digo trató porque no lo logró, yo fui un poco más rápido que ella, creo que dudó un poco, creo que en esos días todavía no era tan tempestuosa e impredecible como ahora, con mi mano derecha la sujeté y la mantuve pegada a mi vientre durante todo el tiempo que duró la consulta, sin embargo, no se rindió del todo, cada vez que el doc accionaba el dichoso taladrito, mi mano como por impulso eléctrico, trataba de liberarse de su hermana centinela para defenderme de las acometidas del dentista, yo creo que ella no comprendía lo que mi mamá decía, que a veces el dolor es voluntario.



Durante varios años traté de razonar con ella, con la zurda; probé hablar con ella, explicarle la diferencia entre los ataques maliciosos y los que llegan por accidente o por decisión propia. Creo que llegue a un punto medio en el que mi mano comprendió que había ciertas ocasiones en las que la gente podía tratar de lastimarme y ella, a pesar de su instinto reflejo, debía quedarse quieta y en su sitio. Juntos llegamos a superar varias pruebas de autocontrol, superamos los impulsos que le enfurecían cada vez que un profesor me regañaba, o cuando algún amigo nos jugaba una broma, o cuando nuestras mascotas, sin querer, nos mordían o arañaban, hasta pude hacer que entendiera la diferencia entre jugar a las "luchitas" y pelear en defensa de la vida… solo hubo un aspecto en el que nunca le puede hacer entender a la zurda aquello de que el dolor es intencional, el amor. Llegaba a tal grado la hostilidad de la zurda ante las heridas de amor que incluso cuando me vestía para ir a ver a alguna adorable chica que estaba en la mira y mientras mi mano derecha se esmeraba en abotonarme la camisa, la zurda sacaba los botones de su ojal al mismo ritmo, y, mientras mi mano derecha pasaba el peine sobre mi cabeza buscando aplacar los pelos necios de la mañana, la zurda metía sus dedos entre mi cabello y lo revolvía. Con todo, ya podrá usted imaginarse la reacción de mi mano izquierda cuando alguna muchacha cometía la osadía de partirme el corazón.



Ayer… ayer fue la última vez que mi zurda hizo algo sin mi permiso, después de matar a Romina, aprovechando que yo estaba distraído besándola y acariciándola con mi mano derecha, ella, la zurda, se acercó poco a poco al cuello de Romina, y justo cuando yo cerré los ojos pensando en el placer que me producía tener posada mi mano derecha sobre uno de los redondos pechos de Romina, la zurda en un movimiento rápido y enérgico se lanzó al cuello de mi nueva novia y se cerró con furia alrededor se su garganta, durante angustiosos minutos yo luché contra mi mano izquierda para que liberara a Romina, pero no cedió, no cedió a mis órdenes, no cedió a mis golpes e incluso, después de una desesperada mordida que le di entre dorso pulgar e índice, vigorizó en su ataque, solo pude quitar mi mano izquierda del cuello de Romina hasta que se dio cuenta, por la ausencia de pulso, que la había matado… ayer fue la última vez, ayer mi mano izquierda mató a su última víctima, ayer, después de llevar el cadáver de Romina a la misma barranca a la que he llevado a todas las demás, regresé a mi casa, entré a la cocina, encendí la televisión en blanco y negro que está sobre mi refrigerador… me recargué en la barra junto a la alacena y le hice creer a la zurda que me divertía con los chistes malos del programa de las 10 y luego, sin darle tiempo de reaccionar, tome rápidamente el cuchillo más grande que mi mano derecha encontró y lo dejé caer de filo y con todas mis fuerzas sobre mi mano izquierda.



2 comentarios:

  1. Mateo 18:8-9 = “Si tu mano o tu pie te hace pecar, córtatelo y arrójalo. Más te vale entrar en la vida manca o cojo que ser arrojado al fuego eterno con tus dos manos y tus dos pies. Y si tu ojo te hace pecar, sácatelo y arrójalo. Más te vale entrar tuerto en la vida que con dos ojos ser arrojado al fuego del infierno.” tétrico no?

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